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Los bosques también son nuestros

  • Foto del escritor: Tayché Collazo
    Tayché Collazo
  • 2 mar
  • 3 min de lectura

Actualizado: 12 mar



El bosque que no se vendió.


Hay un lugar en Corozal que los mapas marcan como Bosque Estatal Montechoca, pero quienes vivimos cerca sabemos que eso no lo describe del todo. Para llegar, subes por el barrio Palos Blancos, donde el asfalto se va haciendo más estrecho y los árboles empiezan a ganar la conversación.


Llegué a este bosque en el 2020, en medio de una pandemia y de ese silencio raro que nos obligó a mirar más cerca lo que teníamos. Desde entonces, he aprendido a leerlo en capas. La primera es la más antigua: cuando los españoles recorrieron esta misma tierra buscando oro, extrayendo, tomando. El territorio como recurso.


Cinco siglos después, la lógica no había cambiado tanto. A principios de los años 2000, el DRNA tenía en sus manos una decisión sobre este bosque. La propuesta era segregarlo, dividirlo, abrirle la puerta a manos privadas. 


Para la comunidad del barrio Palos Blancos, eso no era una transacción administrativa. Era una amenaza directa a su forma de vida. Este bosque era el camino que los niños usaban para llegar a la escuela. Era el lugar donde las familias respiraban, jugaban, existían.


La comunidad dijo que no. Alto y claro. 


No con un comunicado que se guarda en una gaveta. Con presencia, con insistencia, con la claridad de quien sabe que un territorio no se defiende una sola vez sino todos los días. Lucharon para que el gobierno no permitiera la segregación y lo lograron. El bosque quedó designado al DRNA, pero con algo fundamental: co-manejo comunitario. La comunidad no solo ganó acceso, ganó voz. En el 2003 ese acuerdo se hizo oficial.


Berto Rivera me lo contó una tarde, con esa tranquilidad de quien ha guardado algo importante por mucho tiempo. La familia Rivera lleva décadas siendo la guardiana de Montechoca. Berto conoce cada vereda, cada árbol, cada cambio que trajo el huracán María cuando el viento arrasó con partes del bosque y la comunidad volvió a unirse para reconstruir. Eso también es territorio: el acto colectivo de reparar lo que se rompe.


Hoy el bosque tiene acceso abierto para visitantes, un centro comunal para actividades, campamentos con escuelas, y responde también como espacio de apoyo ante emergencias. No es solo naturaleza. Es infraestructura comunitaria por y para el pueblo. 


Hace seis años nació el Mercado en la Montaña, un espacio que co-fundé y que sigo co-organizando con mucho cariño. Cada edición es un encuentro: agricultoras y artesanas de la montaña que encuentran plataforma, vecinos que se reconocen, visitantes que descubren que Corozal tiene mucho que decir y mostrar. 


Es la magia de volver al trueque como modelo de resistencia, de escuchar plena en el centro, de re-conectar en momentos de ocio y no solo en necesidad. Porque caminar por la veredas te devuelve algo que no sabias que necesitabas, muy a pesar de las leyendas de los espíritus que las recorren contigo, se siente en casa y seguro. El mercado no ocurre a pesar del bosque, ocurre gracias a él. [Instagram]


Cuando pienso en Montechoca desde ese lente político que me interesa y me atraviesa, veo un argumento vivo. Que el territorio no es neutro. Que entregarlo tiene consecuencias y que defenderlo también. Que las comunidades que conocen su tierra son las más capaces de cuidarla. 


Si quieres conocer el bosque y nuestras veredas de cerca, las puertas están abiertas. [Leer más]


El oro que buscaron los españoles nunca fue el más valioso de esta montaña. El oro está en su gente y los cuidados que nos sostienen. 

 
 
 

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